jueves, 10 de mayo de 2012

Inaugurando este blog

Este post inaugural va a ser una pequeña introducción a uno de los temas más recurrentes en mis constantes quejas y lamentos acerca del mundo en el que nos ha tocado vivir: la competencia reinante en la sociedad actual.

Durante los últimos dos o tres mil años, el ser humano ha evolucionado desde una sociedad primitiva hasta la actual sociedad moderna, en la cual el ser humano ha superado las barreras evidentes impuestas por su propia naturaleza. Ejemplos simples de esto son la capacidad del ser humano de volar gracias a la aviación; o los avances de la medicina que han conseguido que se puedan superar enfermedades antes mortales.

En relación a esta naturaleza propia del ser humano, uno de los factores que la mayoría parece estar de acuerdo en incluir es el instinto de supervivencia. Este instinto perseguía que el ser humano fuese capaz de superarse frente a varias clases de peligros y amenazas, con el objetivo último de mejorar sus posibilidades de supervivencia.

La evolución de nuestra sociedad ha cambiado radicalmente el entorno en el que nos movemos, y como consecuencia de ello ya no tratamos habitualmente con depredadores ansiosos de desayunar un buen muslo de humano. Frente a esa cotidianidad de nuestros ancestros, vivimos en una sociedad en la que nuestras mayores preocupaciones son mantener nuestro trabajo e intentar ganar más dinero.

Frente a estas necesidades, nuestro instinto de supervivencia se ha desarrollado para asegurarnos ya no el mantenernos con vida, sino mantenernos en la oficina. Con este fin, multitud de personas llevan a cabo acciones moralmente reprobables.

Es en este punto en el que mucha gente pretende excusarse, argumentando que si es un instinto, poco podemos hacer para deshacernos de él. Aquí radica una de las mayores mentiras; el ser humano ha demostrado que se pueden modificar comportamientos con una base igualmente instintiva o primitiva. Comportamientos generalmente considerados instintivos o primitivos, como puede ser la innata agresividad del ser humano; han sido modificados en beneficio de una convivencia más plácida.

Si éste es el caso, ¿porqué no modificamos también este comportamiento y nos ponemos manos a la obra en aras de un bien común, superior al beneficio de unos cuantos individuos?

Esto que parece tan sumamente utópico no debería serlo tanto, ya que es, sencillamente, lo más lógico. El ser humano es un animal que tradicionalmente ha vivido (y vive aún en cierta manera) en grupos. Este cambio de comportamiento supondría avances inimaginables en medicina, ciencia, y en muchas otras áreas; gracias a una cooperación inexistente en la actualidad. Pero lo más importante, supondría una mejora exponencial de nuestra calidad de vida; del camino, de lo que importa.

Imaginad compañeros de trabajo con los que se pudiera trabajar codo con codo buscando simple y llanamente hacer vuestro trabajo de la mejor manera posible. Imaginad que vuestros jefes simplemente quisieran dar el 100% para poder así ofrecer el mejor producto o servicio posible a sus clientes. Imaginad, si no es demasiado, que los políticos trabajaran al máximo con el único objetivo de contar con los ciudadanos más satisfechos del mundo.

Todas estas cosas que hemos intentado imaginar parecen no lejanas, sino utópicas. Pero si lo pensáis de nuevo, ¿no os parece simplemente lo más lógico ya que nuestro trabajo y nuestro esfuerzo es algo hecho por nosotros y para nosotros? ¿No sería más lógico simplemente pensar qué es lo mejor para todos? ¿Por qué competimos, quién decide quién es nuestro enemigo, nuestro contrincante?

Llegado a este punto, acepto propuestas; las necesitamos.

1 comentario:

  1. Buenas!!!!!!!
    Por fin he leido tu blog, y como no, nunca me decepcionas.
    Cierto Fer, es un barco, y todos deberíamos remar al unísono, pero que dificil resulta hacerlo, perdón, que dificil quieren hacernos pensar que es eso, pero nada más lejos, solo hace falta dejar de mirarnos el ombligo y dejarnos llevar un poco por nuestro salto generacional y utilizar eso que, según palabras del gran Woody Allen, es su segundo órgano favorito, el cerebro.

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